CONGRESO DE ESPIRITUALIDAD DE LA CICLA GENERAL
ORDEN DE CARMELITAS DESCALZOS.

Durante los días 2 al 6 de octubre, en la ciudad de San Leopoldo – Brasil, se llevó a cabo el Congreso de Espiritualidad titulado “El Magisterio del Papa Francisco y el Carmelo Teresiano”. El evento contó con la presencia de todas las circunscripciones de América Latina y el Caribe, contando así con una nutrida presencia de frailes, hermanas Carmelitas Descalzas y laicos.
La Provincia de Colombia hizo su participación con dos charlas a cargo de los Padres Jorge Antonio Zurek Lequerica y Milton Moulthon Altamiranda.
A continuación les compartimos la ponencia del Padre Milton Moulthon Altamiranda.

 LA MUNDANIDAD ESPIRITUAL QUE ASFIXIA EL AIRE PURO DEL ESPÍRITU
FRAY MILTON MOULTHON ALTAMIRANDA OCD

Su Santidad, el Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, particularmente en los números 93-97, titulados “No a la mundanidad espiritual”, nos alerta o nos advierte del peligro de dicha mundanidad espiritual. En efecto, ella puede afectar muy negativamente a los creyentes. El Papa Francisco no esconde el temor o miedo que, si esta mundanidad espiritual invadiera la realidad eclesial, “sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral” (93)[1].

En el mismo número 93 de la Evangelii Gaudium, afirma el Papa que “la mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal”. En otras palabras, podemos afirmar que el ser humano termina poniendo toda su confianza no en Señor y en su gloria, sino en sí mismo, en las cosas, en las organizaciones, en los planes y proyectos, olvidándose de lo esencial. En realidad, y en el fondo de las cosas, el ser humano no busca única y exclusivamente la gloria de Dios. Busca su propia vanagloria, su propio reconocimiento, la búsqueda de alguna forma de poder o beneficio, bien sea de tipo económico, material, cultural, religioso, etc. Como claramente lo señala el Papa Francisco “es un modo sutil de buscar sus propios intereses y no los de Cristo Jesús” (Filipenses 2,21)[2]. De manera aún más fuerte, escribe el Papa, esta mundanidad espiritual, “toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto” (93).

El Papa Francisco afirma que dicha mundanidad es alimentada por dos fuentes: “la fascinación por el gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo” y “el neopelagianismo autorreferencial y prometeico” (94). En la primera fuente, interesa de manera especial una experiencia exclusivamente personal, un conjunto de conocimientos o razonamientos que iluminan, que dan seguridad en el caminar y reconfortan al sujeto religioso, dejándolo encerrado o “clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos”.  Genera en la persona una autocomplacencia subjetiva. La persona queda encerrada en sí misma.

La segunda fuente que alimenta la mundanidad espiritual; es decir, “el neopelagianismo autorreferencial y prometeico” está personalizada en aquellos que “solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado”. Esta fuente, como la anterior, también genera en el sujeto religioso, cierta “seguridad doctrinal y disciplinaria”, que termina generando “un elitismo narcisista y autoritario”. El elitismo de cualquier tipo normalmente termina analizando, clasificando y marginando a otros. Y si además es autoritario, termina gastando grandes energías para controlar dificultando el acceso fluido a la gracia de Dios que se desborda en todos. El Papa Francisco es muy radical y afirma que “en los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente”. No son capaces de generar un verdadero, genuino y auténtico dinamismo evangelizador, por cuanto que no se busca al Señor y su gloria. Sutilmente se desvirtúa el cristianismo.

En los números 95-97 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco, señala algunas de las muchas actitudes en que se manifiesta “esta oscura mundanidad” que pretende “dominar el espacio de la Iglesia”. Guiado por la misma pluma del Papa Francisco, resalto las siguientes actitudes o manifestaciones de dicha mundanidad espiritual:

  • “En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia”[3].
  • “Fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas…, vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda o de realización autorreferencial”[4].
  • “Diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones”[5].
  • “Funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización”[6].
  • “Vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando”.
  • “Soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados”.
  • “Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel”.
  • “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia…, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien… ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales!”.

El número 97 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco es realmente programático, por cuanto que nos da algunas pinceladas que ayudan a evitar y a sanar esta mundanidad espiritual, considerada como asfixiante en la vida eclesial. Después del diagnóstico señalado por el Papa, él mismo nos propone algunas actitudes urgentes para adoptar en nuestro ser y hacer de seguidores de Jesús, como son:

  • “Poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí”.
  • “De misión centrada en Jesucristo”.
  • “De entrega a los pobres”.
  • “Tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo”.
  • “Que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”.

La conclusión es ciertamente contundente y profundamente programática: “¡No nos dejemos robar el Evangelio!”. En la reciente visita de Su Santidad, el Papa Francisco a Colombia y en concreto en el encuentro con sacerdotes, religiosos, religiosas y familiares de los mismos, en la ciudad de Medellín, insistía en el tema, diciéndonos con profunda fuerza: “La oración nos libera del lastre de la mundanidad”.

Finalmente, en esta primera parte, recuerdo a todos ustedes que el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, ha tratado el tema de la mundanidad espiritual, en la segunda parte titulada “Tentaciones de los agentes pastorales”, correspondiente al capítulo segundo que lleva por título “En la crisis del compromiso comunitario”.

Además, el título central de nuestro Congreso de Espiritualidad: El Magisterio del Papa Francisco y el Carmelo Teresiano, me sirve para entroncar justamente con la segunda parte de mi conferencia, en la que nos dejaremos iluminar por la palabra del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y de los grandes padres del Carmelo Teresiano Sanjuanista. El Evangelio ha tenido, tiene y seguirá teniendo vigencia siempre entre los seguidores de Jesús. Es lo evidente. Nunca perdamos de vista que el Nuevo Testamento en general y el Evangelio en particular es la norma normativa no normada.

La palabra de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz continúa siendo “sustancial y sólida”, tanto para hablarnos de la centralidad de Jesucristo y su Evangelio, como de la oración entendida como actitud de vida que nos enseña a poner nuestra confianza en el Señor y no en nuestras propias fuerzas y/o capacidades. Y también, palabra cualificada en lo referente a la dimensión comunitaria y fraterna de la comunidad que se reúne en el nombre del Señor.

Los cambios grandes y urgentes que necesita la Iglesia, que necesita la Vida Religiosa y la espiritualidad cristiana en general, tiene que surgir de un amor y de un deseo de que el Evangelio de Jesús llegue a nosotros y a toda persona de hoy. Nunca estamos convertidos a ese Evangelio de manera definitiva y total. Los Santos del Carmelo nos ayudan a encarnarlo y a ponerlo en práctica.

La centralidad del Evangelio y de Jesucristo, el Señor, en la espiritualidad, en los escritos y en la experiencia de los dos gigantes de la mística carmelitana (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz) es innegable.

Me propongo reflexionar con ustedes en torno a cuatro puntos, muy presentes en nuestros dos santos carmelitas abulenses y en el actual magisterio del Papa Francisco. Ellos son: Centralidad del Evangelio, el ejercicio de la oración, la confianza y abandono en Dios y la centralidad de la persona de Jesucristo que nos llama a vivir en comunidad de hermanos.

  1. Centralidad del Evangelio.-. Los Evangelios hasta finales del siglo XVIII en términos generales, se tomaban o leían como una fotografía; como documento histórico que fotografiaban la realidad y que los estudiosos de los mismos, se valían de la arqueología para probar que lo escrito en ellos es históricamente cierto. Los grandes del cristianismo pensaron que lo más científico era hacer una biografía de Jesús partiendo de los cuatro Evangelios.

Dichas biografías eran una especie de “Quinto Evangelio”, el cual terminaba sacrificando a los cuatro Evangelios inspirados y canónicamente aprobados. Se sacrificaba la teología revelada por la teología del autor de la biografía. Dichas biografías abundaban.

A finales del siglo XIX, afortunadamente y por el soplo del aire fresco del Espíritu, estas biografías comenzaron a ser arrinconadas en las bibliotecas y ya casi nadie las lee. Se leen más las páginas del Evangelio como una interpretación de Jesús y no como documentos históricos propiamente. En efecto, el Evangelio, es profesión de fe en Cristo muerto y resucitado; profesión de fe en su acción, en su vida y, por lo mismo, es anuncio de un Cristo vivo, operante y no una pieza de museo.

La verdad del Evangelio no es enseñar una historia. La verdad hay que buscarla en lo que pretende decir y quiere decir el autor con ese relato que cuenta. Los Evangelios al ser redactados ven, retrospectivamente, la totalidad de lo que había sucedido y lo va “juntando”. La conciencia de la experiencia del Señor Jesucristo muerto y resucitado, se fue dando de manera lenta, progresiva y diferenciada. Si el Padre Eterno lo resucitó fue porque le gustó la vida de Jesús. Y los discípulos al sentirlo vivo y operante en ellos, se dieron cuenta, tomaron conciencia que ese estilo de vida es el que agrada al Padre de los cielos y de la tierra. Profundamente convencidos que Aquel a quien habían visto crucificado y muerto, ahora está vivo y muy cercano a ellos. Dentro de ellos y en medio de la comunidad de los creyentes.

En la medida en que los discípulos se fueron convirtiendo, en esa misma medida, fueron captando mejor a Jesús resucitado. Van conociendo, por experiencia, a Jesús mismo. Conocer a Jesús no es propiamente tener información sobre él o acerca de él. La mayoría de los creyentes lo entendemos así. Conocer a Jesús es toma de conciencia de la experiencia que él produce como resucitado. Jesús resucitado está al interior del cristiano y éste está convertido en la medida en que vive para el otro y no para sí mismo. Esto es conocer a Jesús, según los Evangelios.

El resucitado causa un efecto de conversión en el creyente y esto es lo que se anuncia. Ese efecto es la transformación de la vida del creyente, la eliminación del pecado en todas sus manifestaciones; eliminación de la codicia generalizada y de la búsqueda sin límites de nosotros mismos. La Muerte y Resurrección de Jesús no se anuncia sino permitiendo que “la cosa” suceda y esto que nos sucede es lo que puede probar algo. Haciéndolo suceder es que se hace creíble.

Cristo resucitado, habitando en el interior del creyente, lo capacita para entregarse y morir por el otro. Muerte y Resurrección son inseparables. Si no experimentamos al resucitado no somos capaces de morir por el otro. A la muerte no se va por la fuerza o con base en las ideas. Se va porque hay una causa vital que capacita para la entrega. Moción profunda que actúa desde dentro. El cristiano no es propiamente un sujeto o persona que va al lado de Jesús, sino que lo es, lo anuncia siéndolo. Es identidad.

La naturaleza y finalidad de los Evangelios no es biográfica propiamente. Son relatos o narraciones de profesión de fe. Los creyentes, la comunidad, capta, experimenta o siente la acción creadora de Dios. No es reflexión filosófica. Es acción fina de Dios percibida en la transformación (cambio interior) de la persona, del creyente. Nunca es una transformación individual para fines individuales; se trata de todo un cuerpo comunitario. El ser humano es transformado no para ser una “maravilla”, sino que es transformado para fines comunitarios, para servir al otro al estilo de Jesús.

Teresa de Jesús, desde muy niña fue una gran lectora. Leyó muchos libros espirituales toda su vida, no pocos llamados por ella misma muy concertados. En el año 1559, cuando ella cuenta con 44 años de edad, se publica el Índice de Libros prohibidos por parte del inquisidor general Fernando de Valdés. Muchos de ellos leídos por ella, pero a partir de esa política antilibraria marcada por el decreto de la Inquisición, fijó su rumbo por caminos más personales que la llevarían a un gran descubrimiento: a Cristo como “libro vivo” (Vida 26,6).

Pero de entre todos los libros, el Evangelio siempre fue su recurso más eficaz: “Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados” (CV 21,4). Lo que ella va leyendo trata de encarnarlo o hacerlo vida en su propia existencia. El Evangelio no va a ser la excepción. La experiencia de encuentro íntimo y transformante con el “libro vivo”; es decir, con Jesús mismo y con las palabras del Evangelio, la llevan progresivamente a un proceso de identidad con la misma persona de Jesús crucificado, muerto y resucitado, experimentado en lo más íntimo de su ser.

Baste por ahora solamente un texto muy iluminador de Santa Teresa de Jesús: “Bien será, hermanas, deciros qué es el fin para que hace el Señor tantas mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas lo habréis entendido, si advertisteis en ello, os lo quiero tornar a decir aquí, porque no piense alguna que es para sólo regalar estas almas, que sería grande yerro; porque no nos puede su Majestad hacérnosle mayor que es darnos vida que sea imitando a la que vivó su Hijo tan amado; y así tengo yo por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza -como aquí he dicho alguna vez- para poderle imitar en el mucho padecer. Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos; miremos los que pasó su gloriosa Madre y los gloriosos apóstoles”[7].

La gran santa de Ávila revela o manifiesta la personalidad del mismo Jesús. Al menos como deseo. Anda decidida hasta perder de su propio derecho, a forzar su propia voluntad y olvidar su propio bienestar por el bien del otro. Se trata de una vida que es “epifanía” de la misma vida de Jesús. Se trata de una vida entregada, gastada por y para el otro. Si deseaba ardientemente la salud y la vida era para hacerla un don o entrega a Dios y un don o entrega a la comunidad. Vida entregada como la del mismo Jesús, con quien se identifica. Al fin y al cabo, en él ha fijado los ojos: “No se puede decir más de que, a cuanto se puede entender, queda el alma, digo el espíritu de esta alma, hecho una cosa con Dios…, porque de tal manera ha querido juntarse con la criatura que así como los que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar Él de ella”[8].

El creyente buscaba gozos y se encuentra con algo mayor, porque Dios lo ha convertido en lugar de su presencia, de su manifestación, y signo (sacramento) de su amor entre los humanos. Su vida se transforma en una entrega incondicional al servicio de los demás, asumiendo un gesto de pequeñez y humildad: “Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar, y no para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir”[9]. En este nivel se unen los más grandes dualismos. Son dos caras del mismo misterio. Confluyen igualmente los caminos de Marta y María. El amor a Dios y al prójimo confluyen.

  1. El ejercicio de la oración.-. Tema inagotable en Teresa de Jesús. El tema de la oración está presente en todos sus escritos. Ella se propuso realmente ejercer ese magisterio, enseñar a orar, a sabiendas de que no era fácil encontrar maestros que lo hicieran de manera eficaz, y que los libros al uso tampoco ayudaban mucho, pues la mayoría de ellos se limitaban a decir lo que el orante podía hacer en la oración, pero no decían lo que el Señor podía hacer en ella: “Porque siempre oímos cuán buena es la oración y tenemos de Constitución tenerla tantas horas y no se nos declara más de lo que podemos nosotras; y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco”[10]. De esto, precisamente, Teresa tenía más experiencia que muchos de los autores por ella leídos.

En efecto, lo mejor del magisterio teresiano, su aportación más valiosa en la historia de la espiritualidad, es haber propuesto la experiencia contemplativa como centro y eje de la vida cristiana, como el corazón mismo de la fe. Puede parecer obvio, porque ya estaba bien claro en el Evangelio el ideal contemplativo: “en esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Juan 17,3), “una sola cosa es necesaria” (Lucas 10,42), etc. No obstante, en el siglo XVI, en aquellos “tiempos recios” de suspicacia institucionalizada (Vida 33,5), la práctica efectiva de la oración personal estaba bajo mínimos, sometida a toda clase de sospechas y limitaciones, de la que se pretendía excluir a los laicos, sobre todo a las mujeres, y la mayoría de las veces reducida a ritos externos, a la mera repetición de rezos y devociones, no pocas veces contaminados de rasgos supersticiosos (Cfr. Vida 6,6). Por eso fue necesario, decisivo y de capital importancia el descubrimiento teresiano de la oración, a través de la cual descubrió también a Cristo como amigo (Cfr. Vida 8,5; 37,6), para que el núcleo de la vida cristiana, sepultado bajo un montón de escombros acumulados por la historia, apareciera de nuevo, recobrara su brillo y pasara a ocupar el lugar central que le corresponde.

Y todo ello, curiosamente, sin proponer ningún método concreto, tan solo hablando de su personal “modo de oración”, del “modo de proceder que llevaba en la oración” (Vida prólogo 1; 4,7; 7,17; 9,4; Fundaciones 2,3), con el firme convencimiento de haber sido enseñado por Dios: “Hame enseñado el Señor un modo de oración que me hallo en él más aprovechada, y con muy mayor desasimiento de las cosas de esta vida, y con más ánimo y libertad” (CC 2,2); “de mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo” (CV 29,7; Vida 12,6).

No me detengo a hacer una prolongada exposición de la oración teresiana. No es el momento. Sólo hago énfasis en una constante en el magisterio teresiano en este tema de la oración. La oración verdadera siempre conlleva amor a Dios y al prójimo. Cada uno de esos amores tiene su función. El amor al prójimo hace de parámetro: “La más cierta señal que hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo, porque si amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos, mas el del prójimo, sí” (5Moradas 4,8).

Y el amor de Dios hace de raíz, pues “todos los demás amores dependen de este amor” (Vida 40,4); “porque creo yo que según es malo nuestro natural, que si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo” (5Moradas 4,9). “Oh Jesús mío, cuán grande es el amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio que se os puede hacer es dejaros a Vos por su amor y ganancia, y entonces sois poseído más enteramente; porque, aunque no se satisface tanto en gozar la voluntad, el alma se goza de que os contenta a Vos, y ve que los gozos de la tierra son inciertos, aunque parezcan dados de Vos, mientras vivimos en esta mortalidad, si no van acompañados con el amor del prójimo. Quien no le amare, no os ama, Señor mío, pues con tanta sangre vemos mostrado el amor tan grande que tenéis a los hijos de Adán” (Exclamaciones 2,3).

Debemos afirmar también que la veracidad y la eficacia de la oración no se justifican por los efectos inmediatos de la subjetividad, sino por la capacidad de transformar una vida: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (7Moradas 4,6), pues “en los efectos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay mejor crisol para probarse” (4Moradas 2,8).

Concluye Santa Teresa de Jesús que, la veracidad de tales efectos, se reflejan en el ejercicio de las virtudes: “Yo no desearía otra oración sino la que me hiciese crecer en las virtudes”, puesto que “en estas cosas interiores de espíritu, la que más acepta y acertada es, es la que deja mejores dejos; llamo dejos confirmados con obras; que ésta es la verdadera oración, y no unos gustos para nuestro gusto no más”[11].

La oración no es un medio para presionar a Dios y conseguir que ceda a los deseos humanos; no es para cambiar a Dios, sino al que ora. La eficacia de la oración, por tanto, hay que verla en el orante: “Cada día voy entendiendo más el fruto de la oración y lo que debe ser delante de Dios un alma que por sola su honra pide remedio para otras”[12] “Mientras fueren mejores, más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos” (7Moradas 4,15).

Así, pues, si quien pide la salud para un enfermo se convierte en solícito acompañante de ese enfermo, su oración ha sido eficaz; si quien pide pan para el hambriento logra compartir su pan con él, esa oración ha sido eficaz; si quien pide la paz para el mundo se convierte él mismo en pacificador, su oración ha sido eficaz, aunque continúen las guerras y violencias. Dios es Amor (1 Juan 4,8.16) y nada más (no es más que Amor), por tanto, no puede dar algo distinto de sí mismo (el donante es en sí mismo el don), algo que no sea su Amor, su Espíritu Santo (cfr. Lucas 11,11-13). La oración auténtica es la que abre al hombre a la acción del Espíritu, la Fuerza de nuestra fuerza[13]. Hay eficacias que defraudan, seguramente porque “no sabemos pedir como conviene” (Romanos 8,26).

  1. La confianza y el abandono en Dios.-. Tema íntimamente ligado al ejercicio de la oración que acabamos de tratar. No pocas veces, los orantes piensan que el encuentro con Dios es el resultado de grandes esfuerzos y consecuencia de nuestras propias fuerzas y capacidades. En realidad, mas que hacer muchas cosas o hacer fuerza, lo que importa es el dejarse hacer. Allí se descubre algo esencial, porque el verdadero encuentro con Dios no es el resultado ni se alcanza con las propias fuerzas, sino mediante el abandono, la entrega y la confianza en Dios. Dios continúa trabajando siempre y cada instante es una gran oportunidad para dejarse vaciar y desnudar por Dios para ser llenados y vestidos por su gracia.

Es un pasar del propio esfuerzo a la gracia, al abandono y a la confianza en Dios. El testimonio de Santa Teresa de Jesús es contundente: “Buscaba remedio; hacía diligencias, mas no debía entender que todo aprovecha poco, si quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. Deseaba vivir -que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte-; y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar, tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejádole… Pues ya andaba mi alma cansada y -aunque quería- no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía… Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios”[14].

En efecto, Dios no se comunica por los méritos personales, por la fuerza humana o por la conquista personal del orante. Se comunica y se hace el encontradizo por gracia, por pura iniciativa suya.

Lo que importa mucho es la disposición personal. La disposición del orante para el encuentro relacional con Dios y la respuesta a esta iniciativa divina, tiene un triple aspecto, que aquí solamente menciono esquemáticamente:

  • Don de Dios. Las mercedes o regalos de Dios son dones progresivos que van preparando a la persona para mercedes más grandes y profundas. Concede mercedes que disponen al ser humano, que incluso pueden darse no estando el hombre dispuesto (Vida 21,9).
  • Decisión de la voluntad para corresponder a la iniciativa divina. Se trata de una total donación y decisión para darnos del todo a Dios. Disponernos (Vida 11,1; 7 Moradas 2,8). Determinación de la voluntad para el amor a Dios.
  • Praxis de desasimiento. Se va verificando en los efectos que transforman progresivamente al ser humano u orante. Desasimiento de toda criatura y sobre todo del yo-personal (Título de CV 10)[15].

Fundamental cultivar esta actitud (confianza y abandono en Dios y no en nosotros mismos) en la vida del creyente. Ya el salmista nos lo ha recordado: “Dichoso el hombre aquel que en Yahveh pone su confianza” (Ps. 40,5). Y también el profeta Jeremías: “Bendito sea aquel que fía en Yahveh, pues no defraudará Yahveh su confianza. Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto” (17,7-8)[16].

Pero sin duda que el gran paradigma de confianza y abandono total en el Padre nos lo ha dejado el mismo Hijo, el Señor Jesús, en el momento límite de la Cruz: “la calma que es la más intensa actividad, el silencio que está lleno con la palabra de Dios, la confianza, que ya no teme, la seguridad que ya no necesita garantía alguna y la fuerza que es poderosa en la impotencia: la vida, en conclusión, que nace con la muerte (…) [Jesús en la cruz en] cada momento parecía que se ahogaba. Pero sucedió el gran milagro, la voz se mantuvo. El Hijo interpeló con esa voz imperceptible, como la de un muerto, al Dios temible: Padre –dijo en su abandono-: hágase tu voluntad. Y entregó con indecible ánimo su alma en las manos del Padre. Desde entonces nuestra pobre alma está también en las manos de este Dios, de este Padre cuyo decreto de muerte se convirtió entonces en amor. Desde entonces, nuestra desesperación está salvada, el vacío de nuestro corazón ha llegado a ser plenitud, y la lejanía de Dios, patria”[17].

  1. Centralidad de la persona de Jesucristo y su seguimiento.-. La persona de Jesús, muerto y resucitado y lo que fue en concreto toda su vida es la norma, lo esencial o fundamental para el que quiera seguirle. Es el centro, principio normativo y regulador de la existencia cristiana. En efecto, si vamos al Evangelio, el criterio o norma reguladora es el seguimiento de Jesús. Nuestra vida cristiana no tiene ni tendrá otro origen y fundamento que la persona de Jesús y su existencia concreta. Es el reto y la gran recuperación que debemos hacer. Y recuperar a Jesús no es sólo tener noticias de él, de lo que fue en concreto su vida, misión y destino, sino que también es participar en ello y reproducirlo a lo largo de nuestra vida. Se trata fundamentalmente de tener los mismos criterios, sentimientos y actitudes de Jesús para vivir como él vivió: dedicación al Reino de Dios, opción por los más necesitados, actitud sencilla con todos, construcción de la comunidad de hermanos hijos de un mismo Padre y búsqueda en todo de la voluntad del Padre.

El seguimiento de Jesús (invitación y exigencia de los Evangelios: Marcos 1,16-20; Mateo 4,18-22) es la síntesis, la fórmula breve de nuestra vida cristiana, por cuanto nos dice la recuperación de Jesús y la forma de recuperarlo. Tiene carácter de norma y también de ánimo y entusiasmo para realizarlo; es exigencia que cuesta, pero también es gozo por haber encontrado el “tesoro escondido” y la “perla fina” (Mateo 13,44-46).

El otro gigante de la mística carmelitana, San Juan de la Cruz, nos ha dejado consignado: “Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas las cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera Él”[18]. Y también: “Porque para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, para que, teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros” (1 Subida 14,2)[19].

Preguntarse hoy por el seguimiento de Jesús, equivale a preguntarse por lo esencial cristiano. Las preguntas sobre este seguimiento siempre serán legítimas y válidas. Lo esencial no se pone en duda, no se cuestiona. Y seguir a Jesús para el cristiano es lo evidente y lo esencial. No se concibe a un cristiano que no quiera ser seguidor de Jesús. No obstante, este seguimiento es una cuestión siempre actual y viva, en movimiento. Es cuestión dinámica, histórica, porque dicho seguimiento se va realizando, se va haciendo, en el tiempo y en el espacio; en unas circunstancias históricas concretas y determinadas. Estas circunstancias motivan la incesante pregunta sobre lo esencial y evidente.

El sentido fundamental del seguimiento de Jesús lo podemos concretar: es creyente el que sigue a Jesús. Y no lo es el que no le sigue; es decir, que el seguimiento manifiesta o expresa de manera clara, la relación fundamental del creyente con Jesús.

El seguimiento es la expresión práctica y concreta de la relación que se establece entre Jesús y el creyente. Los sinópticos nos han dejado una afirmación clave, eje, que nos ayuda a comprender el sentido fundamental del seguimiento: “El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Marcos 8,34; Mateo 16,24; 10,38; Lucas 9,23; 14,27). Esto nos indica que el seguimiento de Jesús no es una exigencia reducida a un grupo de personas, sino que es condición para todos los que quieran ir con Jesús, los que quieran estar cerca de él. El que quiera esto no tiene otra opción ni otra posibilidad que la del seguimiento.

Seguir también significa mantener una relación de cercanía a alguien, gracias a una actividad de movimiento, subordinado al de esa persona. El verbo seguir tiene un tema relacional (cercanía o proximidad) y otro dinámico (movimiento).

Cercanía.-. “El que quiera venirse conmigo… que me siga”. La cercanía está claramente indicada. La expresión literalmente significa: “proseguir detrás de mí”. Y en contraposición con este sentido, hay un detalle que nos recuerdan los sinópticos. Pedro, durante la Pasión, seguía a Jesús “de lejos” (Mateo 26,58; Marcos 14,54; Lucas 22,54). Y ya sabemos lo que produjo esta lejanía en el seguimiento de Jesús. Llevó a Pedro hasta la negación de la fe y a la traición de su amistad con Jesús. Marcos 3,14 nos revela que el seguimiento es esencialmente cercanía, y particularmente, cercanía a Jesús. Lo mismo nos indica Juan 12,26: “el que quiera servirme, que me siga, y allí donde esté yo, esté también mi servidor”.

Movimiento.-.  Mateo 9,9; Marcos 2,14; Lucas 5,27-28, nos indican que Jesús “pasa” mientras que Mateo “está sentado”, y que al escuchar la llamada “se levanta” y “sigue” al Maestro. La condición de Jesús es de total desinstalación. El seguimiento de Jesús es simultáneamente cercanía a él y movimiento con él. Los Evangelios hablan muy claramente en este sentido y presentan a Jesús siempre en camino: Mateo 20,17.30; 21,8.19; Marcos 2,23; 8,27; 9,33-34; 10,17.32.46.52; 11,8; Lucas 9,57; 18,35; 19,36; Juan 4,6.

Seguir a Jesús significa asemejarse a él (cercanía) por la práctica de un modo de vida y de actividad como el suyo (movimiento subordinado), que tiene un desenlace como el suyo (término del camino). El seguimiento de Jesús va contra el inmovilismo. Jesús fue un desinstalado, una especie de nómada, que nunca se quiso afincar en un sitio permanente. El enemigo número uno del seguimiento es el inmovilismo. Es inmovilista el que no se mueve de donde está, y, además, no está dispuesto a moverse por nada del mundo, porque sus miedos o cobardías, sus propios intereses, no le dejan moverse y le paralizan.

Es difícil cambiar los propios criterios, los propios valores y los propios sistemas de interpretación. Mucho más cuando están “sacralizados” o “canonizados” por lo religioso. No debe extrañarnos que muchas personas buscan más una religión que ofrece seguridad y tranquilidad que un Evangelio que inquieta y desinstala.  Muchas veces los creyentes queremos estar cerca de Jesús, pero sin movernos de donde estamos. Queremos cercanía sin movimiento.

Seguir e ir detrás de alguien encierra una especial densidad, sobre todo cuando se convierte en discipulado; es decir, en seguir al Maestro e identificarse con él y con su obra. Lo definitivo es que el seguidor se pone en camino y paga cualquier precio para estar presente allí, en el lugar donde su líder admirado y seguido, juega su vida y su suerte.

Seguimiento es también compromiso de seguir, de continuar una obra o una empresa. En este contexto debemos decir que hay personas que provocan y despiertan seguimiento. Jesús provocó seguimiento, causó impacto, y en especial, entre sus amigos más íntimos. Se le percibe y experimenta como un hombre comprometido con la causa de todo hombre que reclamaba un poco más de humanidad. No dejó indiferente a nadie.

Los que estuvieron cerca de él -sus discípulos o seguidores- tuvieron la oportunidad de experimentar su honda, inmediata e impresionante personalidad. Los que se mantienen en tal cercanía necesariamente experimentan esa personalidad. La comunidad primitiva, en oración permanente, comienza la historia de los seguidores de Jesús, y muestran que el camino iniciado por Jesús es camino de salvación para todos. La vida de Jesús es pauta y norma.  El seguimiento de Jesús es lo esencial o central de la vida y de la espiritualidad cristiana. Los santos lo son por vivir el Evangelio, por vivir a Dios en todas sus manifestaciones, comportamientos y palabras.

Y termino mi intervención con este inspiradísimo texto de nuestro Padre Juan de la Cruz, tan conocido por nosotros y con una vigencia enorme en medio de la realidad actual de búsquedas espirituales por parte de no pocos creyentes: “Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar…, y pongan los ojos en Cristo solamente…, que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar…, ya lo ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo.

Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por Hermano, Compañero y Maestro, Precio y Premio”[20].


1] En realidad, la terminología utilizada por el Papa Francisco, se debe a Henri de Lubac, en su obra Meditación sobre la Iglesia, Paris, 1968, página 231. Nació en Cambrai, Francia, en el año de 1896. Sacerdote de la Compañía de Jesús, a la que entró a los 17 años de edad. Estudió filosofía en Inglaterra y luego en Francia. Tuvo que enrolarse en el Ejército durante la Primera Guerra Mundial, donde fue herido de gravedad. Heridas que le causaron problemas de salud durante toda su larga vida. Efectivamente, murió en 1991 a la edad de 95 años. A partir del año 1929, enseñó teología fundamental e historia de las religiones en la Facultad de Teología de la Universidad de Lyon-Fourviere, de su Orden. Fue arrestado varias veces durante la ocupación alemana de Francia.

Suspendido de la enseñanza por la Santa Sede a través de sus superiores religiosos, aunque no se le dio una razón que motivara este castigo. Durante ese período turbulento, sus publicaciones habían sido consideradas parte de una teología (llamada Nouvelle théologie), ásperamente atacada en algunos ambientes de la curia romana. Sin embargo, esta suspensión (1950-1960), no disminuyó su trabajo de investigación ni su amor por la Iglesia. En estos años, y durante toda su vida, estuvo acompañado por la amistad y la compañía de otros teólogos de la época (Jean Daniélou, Jean Mouroux, Yves Congar, etc.)

Con la elección del Papa Juan XXIII, la desconfianza hacia Henri de Lubac disminuyó notoriamente y le fue levantado el castigo o suspensión. Tanto, que fue llamado para participar, como perito, en el Concilio Vaticano II. En el período postconciliar recibió también variadas muestras de apoyo por parte del Papa Pablo VI. Juan Pablo II lo creó cardenal en 1983.

[2] Vale la pena leer un poco más del texto paulino: “No hagáis cosa alguna por espíritu de rivalidad o de vanagloria; sed humildes y tened a los demás por superiores a vosotros; preocupándoos no sólo de vuestras cosas, sino también de las cosas de los demás. Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

[3] Preciso que el Papa no condena ni critica la dimensión litúrgica ni la sana ortodoxia eclesial y mucho menos el buen nombre o prestigio de la Iglesia. Le preocupa la falta de interés y preocupación por el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; la falta de preocupación por lo esencial, por el Reino de Dios y su justicia. Lo demás se dará por añadidura. Preocupa al Papa Francisco que, en todas esas manifestaciones anotadas, no aparezca “el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado”, que no se sale “a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo”. En definitiva, Su Santidad, critica y le preocupa hondamente que en aquellas actitudes de no pocos grupos religiosos, “no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica”. En efecto, se corre el riesgo de una liturgia que se limita y agota en el cuidado exclusivo de ritos externos; caer en un ritualismo estéril, en la mera ostentación y fascinación por el humo del incienso y de elementos no esenciales.

[4] De ninguna manera se elude el compromiso con la justicia social en función de buscar un mundo mejor. Tampoco se pretende renunciar al ejercicio de una buena y sana política. El riesgo o peligro es considerar todo ello como fines y no como medios. Cuenta la Iglesia con muchos pastores con marcado y profundo interés por lo social y lo político. Si la motivación real y sincera no se fundamenta en un amor a Jesucristo y su Reino, todo termina en un mero antropocentrismo.

[5] La vida social actual de no pocos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, lo mismo que de Laicos comprometidos, es realmente intensa. Manejamos agendas muy llenas o recargadas, que en no pocas ocasiones roban tiempo y espacio para la oración y el compartir fraterno en comunidad. No siempre esta agitada vida social coincide con un dinamismo evangelizador o misionero, con un real compromiso con los más necesitados. En no pocas oportunidades se debilita el fervor y compromiso misioneros. Fácilmente se pierde la dimensión sacrificial de la vida cristiana y se crean zonas de confort fronteriza con la pereza pastoral. Peligro que siempre puede estar presente hoy como ayer y que tan enérgicamente denunció Jesús, el Señor (Lucas 20,45-47; Mateo 23,5-7; Marcos 12,38-40).

[6] Necesidad que en las olas de la superficie influyan las corrientes más profundas de nuestra interioridad. De lo contrario (si no hay esta influencia) nuestra vitalidad decae, languidece, se hace fronteriza con el aburrimiento, aunque estemos ocupados en mil cosas. Caemos en la tentación de realizar una praxis sin Espíritu; de hacer muchas cosas sin interioridad. Los agentes de pastoral corremos el riesgo de caer en la tibieza espiritual, denunciada por el libro del Apocalipsis 3,14-22 y que muchas veces se manifiesta en una actividad sin interioridad, sin la fuerza y sin el sello del Espíritu de Jesucristo, el Señor.

[7] 7 Moradas 4,4-5.

[8] 7 Moradas 2,3. Cfr. Vida 13,4. Se trata de una evidente identificación del creyente con Jesús mismo. El orante convierte su vida en servicio. El cristiano vive con y como Jesús; es decir, viviendo en gesto de apertura creadora y sacrificada por los demás. Para Teresa de Jesús es evidente que el encuentro con Dios se traduce en un obrar conforme al del mismo Jesús. Jesús actúa a través de las obras del orante, por medio de él realiza su entrega salvadora hacia los demás.

[9] 7 Moradas 4,12.

[10] 1Moradas 2,7; V 14,7.

[11] Carta 133,7-8. Al Padre Jerónimo Gracián. Toledo, 23 de octubre de 1576.

[12] Carta 158,5. Al Padre Jerónimo Gracián. Toledo, 13 de diciembre de 1576.

[13] “¡Oh válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que -sin quererlo yo- me forzó a que me hiciese fuerza! (Vida 3,4).

[14] Vida 8,12; 9,1.3. Teresa de Jesús vislumbra un cambio de rumbo en su vida interior sin entenderse ni entenderlo. Cfr. Vida 10,1: Se trata de algo sorpresivo, inesperado, difícil de entender y de decir.

[15] Escribe Teresa de Jesús: “Un desasimiento grande de todo”: 7 Moradas 3,8. (Cfr. 5 Moradas 2,6 y 6 Moradas 4,14).

[16] El apóstol Pablo, por su parte y gracias al impacto de Jesús en su existencia es capaz de afirmar: “Porque sé en quién he puesto mi confianza y estoy convencido de que tiene poder para custodiar hasta aquel día lo que deposité en sus manos” (2 Timoteo 1,12).

[17]  RAHNER, Karl, El año litúrgico, Herder, Barcelona 1966, pp. 66-68.

[18] 1 Subida 13,3.

[19] Los Padres José Vicente Rodríguez y Federico Ruíz en las “Obras Completas” del santo, EDE, traen las respectivas notas: “Encontramos aquí afirmado de nuevo un principio básico de la vida teologal: nunca se empieza por la renuncia, sino por el amor… Lo primero, antes de cualquier renuncia o mortificación, es abrirse a un nuevo amor: el amor de Cristo. Él debe convertirse en centro total de vida, de consideración o reflexión, de toda la afectividad y apetito” (pág. 202). Y “encontramos reafirmado con fuerza el principio de la dinámica teologal: la renuncia a un amor implica la pre-existencia de otro amor que exija y llene el vacío… con razón escribe Baruzi: “La lucha contra los sentidos está condenada al fracaso, si no está completamente transfigurada por una especie de triunfo de un amor sobre otro amor. Triste victoria de un alma que renuncia, pero sin estar animada por ningún nuevo ardor” (Pág. 205).

[20] 2 Subida 22,3-5.