Una tela de color carmelita

Hablar del hábito de un religioso es hablar de tradición, herencia, estilo de vida, entrega y trabajo. Es hablar, como lo señala el Concilio Vaticano II en el decreto Perfectae Caritatis: de un signo de consagración, sencillez y modestia (Cfr. PC 17); es hablar de pobreza y a la vez de elegancia; es hablar de tiempos, de kénosis y de entrega.

La presente reflexión surge como respuesta a una pregunta que me hicieron: ¿y qué significa el Hábito? A lo largo del presente escrito intentare dar unas breves pinceladas de lo que significa el color del cual está manchada esta tela; hablaré de herencia de nuestros Padres del monte Carmelo, proseguiré con el legado que se nos confiere en este hábito; y, por ultimo, daré una pequeña conclusión.

El Hábito Carmelita no es simplemente una mancha marrón que nos recuerda la arcilla de la que fuimos creados – no... no es suficiente, no es marrón –. No es café, debido a la calidez que puede trasmitir, ni su relación con la sabiduría y los años. No es pardo ni castaño, que genera seguridad y estabilidad. No es color barro ni tierra, que provoca serenidad. Al parecer es una mezcla entre el morado y el amarillo (no encuentro mejor definición que esta; y, aun así, esta sigue siendo corta): la unión entre los rayos del sol que calientan la tierra y el morado de la piedad; el encuentro entre el astro y el yo profundo.

Es la unión entre la nobleza, el lujo, la espiritualidad, la dignidad y la realeza (características del color morado) con la divinidad, el discernimiento, la claridad y la luz (características del color amarillo). En fin, el color del hábito carmelita no es parduzco ni marrón, no es un café ni color barro – y es mejor que así sea –, es un color que habla de interioridad, es una identidad que define al carmelita genuino, pues en cada hombre y mujer que pertenece a la Orden del Carmelo, se puede ver en su vida el paso de Dios, y en su vestimenta la mancha de color carmelita, que marca su sangre y envenena ¿? todo su ser.

Más con lo anterior, no se puede dejar de lado otro color característico del Carmelita: un blanco que tiende al crema, tal vez sea marfil. Encima del sayal, el escapulario, el cinturón y las sandalias, se posa un gran manto color hueso, tal vez recordándonos que somos un amasijo de huesos y tendones llamados a fortalecer a todo hombre y mujer. Un color sofisticado con algo de la calidez del marrón y una gran frescura del blanco. Una mezcla que con frecuencia evoca la pureza y la calidez. Es este color, aunque no logra hacerlo por completo, que le da la sensación de elegancia y tranquilidad a quien lo porta, es el llamado a ser cubiertos por la Virgen.

Ahora bien, antiguamente, se decía que el habito debía de alejarse de las modas para prevenir

la vanidad y el orgullo; que debía simbolizar la penitencia; aun así, creo que esta idea esta algo errada, pues como nos dice Santa Teresa, debemos portar con orgullo este vestido de nuestra Madre y Hermana (Vida 36, 28). De esta manera el hábito color carmelita enfatiza nuestro carisma y arraiga profundamente nuestra relación con María. Así, para los carmelitas, el hábito representa entonces nuestra herencia espiritual, nuestra adhesión al cuerpo místico del Carmelo, nuestra entera pertenencia al corazón de María.

Más aún, el habito carmelita no es solo un símbolo de protección, y el deseo de María para revestirnos, es la entrega generosa y el vaciamiento total, la kénosis, en la cual despojados de los trajes del mundo, vestimos elegantemente la pobreza de Cristo; es un revestirse del amor y la ternura de Dios, después de haberse bañado en las fuentes puras de su amor misericordioso; es engalanarse con las joyas del amor y las virtudes; es coronarse con la pobreza y vestir un manto real. Finalmente, en palabras de San Alberto de Jerusalén, es una armadura que nos permite amar de todo corazón y con toda el alma (Regla 16).

Portar el hábito Carmelita, como lo hemos visto hasta ahora, es un llamado a formar parte de una familia dedicada a la Virgen, es un signo de consagración común (CC 79) por ello, cada parte de dicha tela debe decirnos algo mas que superficial (Constituciones IV, 2) es un algo profundo que habla de interioridad para poder decirnos a nosotros mismos, Carmelitas de Verdad. De manera que:

  • El Sayal: la vestimenta que cubre el cuerpo, la cual en su tiempo representaba la penitencia, y también representaba las ropas del profeta Elías, quien vestía con pelo de camello (Mc 1,6); cumple, entonces, en un carmelita genuino, un signo de sencillez (Constituciones IV, 2), queriendo con esto, dar a entender nuestro llamado a la incomodidad gozosa. Representando también, aquí, la humildad de la tierra de un jardín que se deja manejar por el hortelano (Vida 11, 6b); en otros términos, “la penitencia nos purifica, y lo que nos purifica también nos hace florecer”. 

  • El Cinturón: El cual ciñe el sayal; hecho de cuero que representa la castidad, un voto que une las virtudes del carmelita con el amor divino para realizar así una caridad perfecta. Este implica mortificación, mas no en términos de desprecio sino de entrega generosa, en la que los deseos egoístas de la carne se someten a la fuerza del corazón. En términos teresianos, un Carmelita siempre debe estar ceñido para actuar en el nombre del Señor (Regla 16). 

  • El Escapulario: el paño que cubre los hombros y que cuelga del pecho y la espalda; representa el trabajo y el servicio al Señor (Regla 17); invita a los carmelitas a estar siempre listos para servir al Señor a ejemplo de María, “he aquí la esclava” (Lc 1, 38); en palabras de Teresa “debe estar atento a lo necesario y no a lo superfluo” 
(Constituciones IV, 2). Por otra parte, originalmente el escapulario era un delantal. Por ello, los carmelitas deben ser prontos para llevar a cabo la obra del Señor, y emplearse en algún tipo de trabajo que edifique el Reino de Dios.
  • La Capucha: una prenda que cubre la cabeza y los hombros; representa la humildad y la obediencia (Regla 20). Los carmelitas deben someterse gozosamente a la voluntad del Señor. De esta manera, la capucha nos recuerda que la obediencia, como Cristo obediente, es el gesto de humildad y de gozo que da libertad a quien lo comprende. 

  • Las sandalias: signo de la descalcez (Constituciones IV, 2), signo de lo que voy dejando atrás para poder seguir a Dios. Recordamos aquí que en el encuentro entre Moisés y la Zarza ardiente (Cfr. Ex 3, 2–4), fue llamado a descalzarse, pues todo los lugares donde camina un carmelita es tierra santa y así es como debe dirigirse cada vez que da un paso. Entonces, un carmelita al descalzarse logra adentrarse mas en el misterio, subir al monte de la perfección y encontrarse aquí con su amado, su Dios, que desde antes lo quiso impregnar de una tinta color carmelita. 

  • El Manto: la capa que se usa por encima del hábito, y representa la pureza de la mente y el corazón (Constituciones IV, 2). Es el recuerdo de que cada Carmelita debe caminar en el amor misericordioso, en una entrega generosa a la oración; es este manto el que le da la elegancia a quien porta el hábito y lo lanza a ser profeta del amor misericordioso. 
Finalmente, con todo lo dicho, recuerdo en este momento que un día estando en recreación con las hermanas descalzas, al ver en sus hábitos tan distintos tonos de carmelita, descubría esto: es ese color el que muestra que tan impregnados estamos de este monte de la perfección. Por tanto más que un trozo de tela que se posa sobre nuestros cuerpos, el Hábito es un estilo de vida, una entrega, y en su color, se deja entrever que tan envenenados ¿? estamos del amor divino. 


En conclusión, el Hábito color carmelita, es el signo del vaciamiento, de la muerte a las vanidades del mundo, es un grito que constantemente dice “ya no quiero este mundo y sus riquezas” como lo dice un bello canto; es una kénosis, que nos reviste elegantemente, que nos engalana, como lo dice Isaías (Cfr. Is 61, 10), de las joyas del amor divino; es un memorial que nos recuerda que Jesús al venir a este mundo posó su cabeza sobre un pesebre y luego durmió en una cruz (Cfr. Camino 2, 9). En definitiva, el hábito, esta tela color carmelita, es el traje del desposorio, que se engalana con el amarillo del sol y las estrellas, se mezcla con el purpura de nuestro ser – el barro de esta tierra –, se abriga con el blanco pálido de la luna y se enriquece con el amor de su Rey y Señor. 


DARWIN FRANCISCO CASTRO DE LA CRUZ. OCD

MI CASA SOSEGADA - P. HERNANDO URIBE OCD

P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

PUBLICADO EL 11 DE MAYO DE 2018

COLUMNISTA EL COLOMBIANO

La Ascensión

Juan Brahms (1833-1897), músico alemán de inmensa dulzura y profundidad, escribió: “Jamás me sentí abatido, jamás las penas me entristecieron. Las canciones más lindas se me ocurrieron cuando limpiaba las botas antes de amanecer”.

Hay muchas maneras de ascender. Una, sobreponerse a las desventuras de la condición humana. Quien así lo hace, como el músico alemán, participa aun sin darse cuenta en el asombroso acontecimiento de la Ascensión.

Ascensión viene de ascender, que es subir de un sitio a otro más alto. Asciendo cuando subo, cuando voy hacia arriba, cuando remonto, y remontar es superar obstáculos o dificultades, y también subir una pendiente o sobrepasarla.

Lo que pasa en el campo físico, geográfico, pasa también en el campo afectivo, espiritual. En todo ascenso corporal participa también el alma, y en todo ascenso del alma participa también el cuerpo. Entre ambos la relación es esencial y dinámica. Hacer el bien y evitar el mal es vivir la Ascensión.

Un vidente escribía en el silencio de la noche: “Sin irte te has marchado / de mí calladamente”. Sobrecogido por la inespacialidad e inefabilidad del misterio, el éxtasis no le permitió continuar su poema.

Otro vidente fue más atrevido. “Aquí quedó sonando el aire puro / cuando te fuiste, cadencioso dejo / hay en las lejanías del espejo / y suena como un arpa todo el muro”. El que se va, el que asciende, sigue presente de otra manera, suave, amoroso, silencioso.

Jesús es Dios que nace, vive, muere y resucita como hombre verdadero. Y al resucitar, que es alcanzar la plenitud de la vida divina, de la cual procede, dice a sus discípulos: “me voy para volver” (Juan 14,28). El que se va, se mantiene volviendo. Y cada uno percibe al imperceptible en la medida en que cultiva su corazón. Quien vive esta presencia invisible se llama místico.

En la Ascensión, Jesús no se ausenta, cambia su forma de presencia. Para él, que ha vivido en el tiempo y el espacio de los hombres, ascender es comenzar a estar presente de modo invisible e intangible en todo tiempo y en todo lugar.

La alegría que experimentaron los peregrinos de Emaús era plena garantía de esa presencia invisible, que los llevaba a preguntarse delirantes: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (Lucas 24, 32).

Dios es la altura, y quien cultiva la relación de amor con Él, participa de su vida divina, la Ascensión, el prodigio que pertenece a la trama de la vida cotidiana, consistente en hacer el bien y evitar el mal.

 

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