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Reflexiones Carmelitas

Oraciones y reflexiones realizadas por nuestra comunidad para fomentar el encuentro con Dios.

CARACTERÍSTICAS DEL ACOMPAÑANTE ESPIRITUAL DESDE
SANTA TERESA DE JESÚS Y JUAN DE LA CRUZ

“El que solo quiere estar, sin arrimo de maestro y guía, será como el árbol
que está solo y sin dueño en el campo, que, por más fruta que tenga,
los viadores se la cogerán y no llegará a sazón”.(D5)
 (San Juan de la Cruz)

Introducción:
En el Carmelo teresiano, el acompañamiento espiritual goza de gran importancia. Esto por herencia de nuestros santos fundadores Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Ellos, quienes conocen a profundidad el amor de Dios, tuvieron la gracia de vivir diversas experiencias místicas, las comprendieron y, a su vez, las pudieron transmitir. En todo este proceso, tanto Teresa como Juan, resaltan la importancia de que alguien los esté acompañando para que les dé luces en medio de las dudas u oscuridades, que les dé una palabra en medio del caos. De esta manera, los acompañantes espirituales[1] serán de gran importancia porque son los que ayudan a comprender lo que la persona está viviendo interiormente, y al mismo tiempo puede instruirla por el camino correcto.
Para Teresa es muy importante que se escoja un buen acompañante espiritual porque su compañía garantiza que el alma pueda avanzar en el camino espiritual; pero si es un mal acompañante lo que puede hacer es que el alma se estanque y retroceda en este camino de perfección. De alguna u otra manera, al acercarnos a estos dos santos y místicos podemos encontrar que ellos fueron grandes acompañantes espirituales. De esta experiencia nace la mayoría de sus escritos, que en el fondo buscan dar herramientas para las personas que desean emprender un camino espiritual o para los que ya van de camino. Cada uno de los escritos describe con gran sabiduría y majestuosidad los diferentes estados del alma y la manera de obrar para seguir en este camino.
Teniendo en cuenta el valor tan grande que tiene el acompañamiento espiritual en el Carmelo teresiano, lo que pretendo desarrollar en el siguiente escrito es la respuesta a esta pregunta que como carmelita descalzo me ayudaría mucho para seguir profundizando en este tema tan valioso y necesario, y es: ¿Cuáles son las características más importantes que debe tener un acompañante espiritual según Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz? Aunque son muchos los elementos que podemos encontrar a esta pregunta sólo me detendré en seis, que son: santidad, experiencia, sentirse instrumento, letrado, prudente y que supere sus propias imperfecciones[2].

Santidad
Es muy importante que el que acompaña sea el primero en estar en contacto permanente con Dios. “Esta santidad debe ser cimentada sobre la humildad y la caridad”[3]. Estas virtudes son muy importantes para Teresa en el proceso espiritual. Son estas dos virtudes las que ayudan a que el acompañante esté siempre centrado en su labor. La caridad lo libra de búsquedas personales en las almas (contratransferencia), lo lleva a buscar sólo a Dios en el acompañado y cómo hacer mejor su voluntad. La humildad le hará experimentar la misericordia de Dios, le hará desconfiar de sí mismo y de sus impulsos o deseos y así poner toda su confianza en Dios. La humildad le permite abajarse a sí mismo para que sea realmente la voluntad de Dios la que le guie. El acompañante debe ser un fiel enamorado de Dios, alguien que también lo busca, que cree profundamente en Dios y en su proyecto de amor que tiene para cada uno de nosotros, es un convencido de que en Dios está la plenitud del hombre. Como dice Teresa en una de sus poesías: “por él renuncia a todo lo criado, y en él halla su gloria y su contento, aun de sí mismo vive descuidado, porque en Dios está todo su intento”[4].

Experiencia:
Tanto Santa Teresa como San Juan están de acuerdo en esta cualidad en un acompañante, que tenga experiencia profunda de Dios; porque si está empapado en las cosas del espíritu comprenderá las cosas que son del Espíritu. Esta experiencia de su propio camino y del trato íntimo con Dios, le irán dando las herramientas necesarias para acompañar a otros, y le darán la sabiduría para discernir espíritus y la sensibilidad para saber qué es lo que necesita el alma que acompaña, para ayudarla y no obstaculizarle el camino. Sobre esta experiencia nos dirá San Juan: “Porque, para guiar al espíritu, aunque el fundamento es el saber y la discreción, si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá (…) muchos maestros espirituales hacen mucho daño a muchas almas, porque no entendiendo ellas las vías y propiedades del espíritu, de ordinario hacen perder a las almas la unción de estos delicados ungüentos con que el Espíritu Santo les va ungiendo y disponiendo para sí, instruyéndolos por otros modos rateros que ellos han usado o leído por ahí, que no sirven más que para principiantes”(LlB 3,30-31).
Cuando se está en contemplación es Dios el que está obrando, el alma sólo se queda pasiva y recibiendo este amor de Dios. Aquí, el acompañante espiritual debe identificar este estado y no ponerle más trabajos para que salga de esta pasividad, porque de lo contrario, lo que hará es obstaculizar la acción de Espíritu Santo en el alma y lo hará salir de este recogimiento del cual tanto provecho está sacando el alma. También Teresa nos hablará de la experiencia que debe tener el acompañante:  “Es muy necesario el maestro, si es experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin entenderla ni dejarla a sí misma entender; porque, como sabe que es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir de lo que le manda. Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener experiencia quien las enseñaba, que me hacían lástima, y alguna que no sabía ya qué hacer de sí; porque, no entendiendo el espíritu, afligen alma y cuerpo, y estorban el aprovechamiento”(V13,14).

Sentirse instrumento:
En el proceso místico el hombre va descubriendo en su vida esa presencia amorosa de Dios. El camino consiste en que el alma se va purificando de sus gustos, pasiones… se va vaciando de sí misma para que Dios sea por completo en ella. Lo que hace el acompañante es propiciar los medios para que el alma llegue a esta unión con Dios. El acompañante en todo este proceso es un instrumento de Dios, y debe ser muy consiente que su trabajo es para Dios y no debe buscar sentirse dueño del acompañado, o buscar beneficios de esta relación. El fin último de su trabajo es que la persona sea iluminada y guiada hacia Dios.
“Adviertan estos tales que guían las almas y consideren que el principal agente y guía y de las almas en este negocio no son ellos, sino el Espíritu Santo… Ellos sólo son instrumentos para enderezarlas en la perfección por la fe y ley de Dios, según el espíritu que Dios va dando a cada una… Todo su cuidado sea de no acomodarlo a su modo y condición propia de ellos, sino mirar por donde Dios las lleva; y si no las saben, déjenlas y no las perturben” (LlB 3,46).
En esta parte, sentirse instrumento de alguna manera ayuda al acompañante a no caer en la contratransferencia, que busca complacer sus propias necesidades en el acompañamiento. Es muy sabio el Santo cuando dice que si cae en este peligro, mejor las dejen ir antes de causarles más daño.

Letrados:
Para Teresa es muy importante que aquel que acompaña almas tenga esta característica. Ella dirá: “es gran cosa letras, porque estas no enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre el Dios”(V13,16). A ella le ayudaron mucho en su vida espiritual aquellos confesores que eran bien formados, dándole luces en medio de las crisis y oscuridades interiores. Pero sufrió mucho a causa de los que no eran letrados, pues no comprendieron lo que estaba viviendo y la hicieron sufrir mucho, y no es porque le quisieran hacer daños, sino porque no tenían conocimientos suficientes para comprender lo que ella estaba viviendo, y tampoco pedían ayuda a los que sí eran letrados. Teresa, que ha sido una mujer de letras, hace mucho énfasis en esta cualidad y el bien que trae consigo quien la posee. Con respecto a quienes le hicieron daño dice: “Gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados (…) He visto por experiencia que es mejor, siendo virtuosos y de santas costumbres, no tener ningunas; porque ni ellos se fían de sí sin preguntar a quien las tenga buenas, ni yo me fiara. Y buen letrado nunca me engañó. Estotros tampoco me debían de querer engañar, sino no sabían más (…) Lo que era pecado venial decíanme que no era ninguno; lo que era gravísimo mortal, que era venial. Esto me hizo tanto daño que no es mucho lo diga aquí para aviso de otras de tan gran mal.” (V 5,3).

Discernimiento de espíritus:
En este caso se refiere a que no todo lo que se manifiesta en la persona como gracias místicas son de Dios, y así sean de Dios, el acompañante las debe cuestionar y probar antes de confirmar al acompañado que es una gracia de Dios. Si el acompañante a todas las supuestas manifestaciones sobrenaturales, como: visiones, hablas, apariciones etc., las considera como místicas, como dadas por Dios, sin antes probarlo, gran error es. Dirá San Juan:“Hay algunos que llevan tal modo y estilo con las almas que tienen las tales cosas, que las hacen errar, o las embarazan con ellas, o no las llevan por camino de humildad, y las dan mano a que pongan los ojos en alguna manera en ellas: que es causa de quedar sin verdadero espíritu de fe, y no las edifican en la fe, poniéndose a hacer mucho lenguaje de aquellas cosas”(S 2 18,2).
El problema está en que las almas se apegan a estas “gracias místicas” y se quedan en el camino estancados porque ya lo creen tener todo, se fijan más en sí mismas que en Dios, y si el confesor les alaba por esto que están sintiendo más se van a apegar a ello. Otro problema es que esto que está viviendo la persona sea un problema psicológico. El confesor debe tener la suficiente sutiliza y claridad para identificar qué es lo que está pasando. Por eso insisto, cuando un acompañado llegue con una situación de estas primero se debe analizar muy bien, confrontar, probar.

Prudentes:
Este sigue siendo hoy uno de las grandes virtudes que debe tener un acompañante. Cuando un acompañado habla con su confesor o acompañante espiritual, le está abriendo su interioridad. El acompañante es testigo de la acción de Dios en esta persona, también es conocedor de sus heridas más profundas. En pocas palabras, el acompañado es un lugar teofánico, es sagrado, por lo cual se le debe respetar. Teresa sufrió mucho a causa de las imprudencias de algunos de sus confesores, ya que todo lo que les contaba era como si se confesara públicamente, porque estos padres contaban lo que ella les decía. “En esto hablo como quien le cuesta harto trabajo no le tener algunas personas con quien he tratado mi oración, sino preguntando unos y otros, por bien me han hecho harto daño, que se han divulgado cosas que estuvieran bien secretas pues no son para todos y parecía las publicaba yo”(V 23,13). Y también en otra parte dice: “En especial si el confesor es de poca experiencia y le ve medroso, y él mismo la hace andar comunicando, viéntese a publicar lo que había de razón estar muy secreto, y a ser esta alma perseguida y atormentada; porque cuando piensa que está secreto, lo ve público, y de aquí suceden muchas cosas trabajosas para ella”(6M 8,9).

En conclusión:
Lo que puedo percibir en estas características que debe tener un acompañante espiritual, es que debe ser un hombre que realmente esté sumergido en el amor de Dios; es un hombre que busca a Dios en todo lo que le rodea, por eso es capaz de percibir esa acción del Espíritu en el acompañado. En esta misma pasión por Dios y su Reino se forma, lee, consulta. Está siempre capacitándose para que su ayuda sea cada vez más cualificada y certera. Es un hombre que vibra con su fe, y desde su experiencia de Dios quiere que muchos también la tengan. Es un hombre que tiene la certeza de Dios en su vida, que está convencido que Dios también nos ama profundamente.

FRAY DAIRO MARÍN DE SANTA TERESITA

BIBLIOGRAFIA:          

  • Teresa de Jesús, Santa, Obras completas, 15° edición, Monte Carmelo, Burgos, 2009.
  • Juan de la Cruz, San, Obras completas, 6° edición, EDE, Madrid, 2009.
  • Del Niño Jesús, María Eugenio. Quiero ver a Dios. 4°edición, EDE, Madrid, 2002.

[1] En todas sus obras San Juan y Santa Teresa utilizan varios términos para referirse a quien acompaña a otra persona espiritualmente tales como: confesor, padre espiritual, maestro de espíritu, director espiritual.

[2]  Algunas siglas para tener en cuenta: LIB: libro de llama; S: libro de subida de monte Carmelo; V: libro de la vida; M: libro de las moradas.

[3] Quiero ver a Dios 291.

[4] Tomado de la poesía de Santa Teresa “Dichoso el corazón enamorado”.

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