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25° Domingo del Tiempo Ordinario
Septiembre 20 de 2026
Is 55, 6-9
Mis planes no son sus planes
Lectura del libro de Isaías.
Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son sus planes,
los caminos de ustedes no son mis caminos
—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los de ustedes,
y mis planes de sus planes.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)
R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R.
V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.
V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R.
Flp 1, 20c-24. 27a
Para mí la vida es Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
Hermanos:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes.
Lo importante es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Mt 20, 1-16a
¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido”.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
V. Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Un Evangelio que nos remite a la grandeza y belleza de la liberalidad divina, a la experiencia de darse propia del ser divino y al amor que no lleva cuenta de presupuestos, sino que colma de plenitud y entrega sin límites. Una llamada, una invitación, un gesto de apertura y de grandeza que va modelando el corazón humano bajo el modelo de Dios mismo.
Una llamada que va haciendo cada instante de nuestra existencia, el tiempo propicio para comenzar el camino, para seguir la fuerza de un amor transformante, para dejarnos encontrar por una libertad que ensancha el horizonte y que nos recuerda que la vida no es nunca un dato cronológico, sino un dato teológico, es decir, que, en el protagonismo de Dios, cada instante es la posibilidad exquisita para permitirle en palabras de Santa Teresita “que nos prodigue los favores de su intimidad divina”.
Una palabra infinitamente portadora de Esperanza, porque el acento no está en los méritos del corazón para llegar a Dios, cuanto en el esfuerzo infinito del Creador por salir al encuentro de su criatura y colmarla de su propia vida. Cuánta grandeza encierran los pasos del dueño de la viña, presurosos por comunicar una invitación, que es portadora de vida y que abraza la totalidad de la existencia humana y nos recuerda lo ilógico del amor y la exquisitez del amor divino.
No será la paga nunca el premio a nuestro esfuerzo, cuanto la bondad del corazón de Dios que da a cada quien lo que necesita, en el tiempo que lo necesita, en la medida que lo necesita y siempre de manera rebosante. Bien lo canta San Juan de la cruz:
Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura. (CB 5).
Tarea propia del ser humano es aprender en el corazón divino, que la medida del amor es no tener medida, que la experiencia de la misericordia reviste la vida de plenitud y, que la bondad del corazón es el oficio propio del seguidor de Cristo. Quién ama y entrega como el dueño de la viña, descubre el secreto de la felicidad, porque su corazón alcanza la medida de Dios mismo, contempla la dimensión de infinitud que lo habita y se hace experto en darle a cada gesto, cada palabra y cada sentimiento de su existencia, la eternidad misma de Dios.
En el corazón amante, la respuesta de amor no tiene ningún interés de corresponder al mérito. El corazón ama porque es lo propio de su oficio y amando, siempre la medida es cada vez más grande. Tarea prioritaria para el hombre de hoy es recordar quién lo habita, es decir, volver al corazón, para descubrir que en Dios la palabra cálculo no existe. Quién acierta a intuir la liberalidad del ser divino, descubre como ser feliz en lo más simple y cotidiano de su existencia, vuelve su vida infinito regalo de amor para quienes lo acompañan y, vivir en Dios se vuelve lo habitual de su existir. Bienaventurado, quien emprende este camino, porque su vida será expresión de felicidad constante.
Fr. Miguel Ángel Díaz Granados, OCD.
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