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DOMINGO DE PENTECOSTÉS
(Solemnidad)
24 de Mayo de 2026
Hch 2, 1-11
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)
R. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.
O bien:
R. Aleluya.
V. Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.
V. Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.
V. Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.
1 Cor 12, 3b-7. 12-13
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor
Jn 20,19-23
Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo; reciban el Espíritu Santo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
V. Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo llega como un viento impetuoso sobre la casa donde estaban los apóstoles, María y la comunidad de los que seguían a Jesús. El viento impetuoso simboliza la fuerza del Espíritu que llega sobre los primeros cristianos y los guía y mueve por el camino de la Vida indicado por Jesús. Llega como una nueva ley, que no está escrita en libros, sino en el corazón de los creyentes. Más aún, el Espíritu nos mueve desde dentro y motiva para vivir la vida la misma de Dios. Nos empodera y nos mueve en el dinamismo de Amor para tomar los caminos de Dios. Al igual que el viento de Dios aleteaba por encima de las aguas en la creación del cosmos, en esta Nueva Creación inaugurada por Cristo Resucitado, el Espíritu llega como viento impetuoso y como fuente de fuerza espiritual que habilita a los discípulos para realizar gestos y actuar de una manera que nunca imaginaron posibles. Nos capacita para vivir a lo divino y realizar obras que manifiestan el amor de Dios.
El Espíritu Santo también se manifiesta con la imagen apocalíptica del fuego empleada en el AT: Dios intervendría al final de los tiempos con fuego para destruir toda la creación. El fuego del Espíritu quema todo aquello que oscurece el corazón humano: el egoísmo, el odio, la indiferencia y el pecado. Consume el mal que existe en la sociedad. Elimina y purifica lo que se contrapone a Dios. El fuego simboliza el amor de Dios que purifica lo que no es Dios en las personas, para capacitar a las personas para actuar conforme a Su amor.
Además, el Espíritu se manifiesta en el momento en que los discípulos hablan en todas las lenguas del mundo. Suscita una comunidad abierta, capaz de generar entendimiento, motivar el diálogo y engendrar comunión. Los discípulos aparecen unidos porque sienten en el interior de su consciencia un mismo lenguaje de amor que los une y los lleva a construir comunidad. De esta manera, la venida del Espíritu en Pentecostés significó un momento de empoderamiento y renovación espiritual, de purificación del mal y de formación de una comunidad-familia de hijos de Dios, llamada a vivir en unidad.
En el evangelio de Juan, después de que Jesús soplara sobre sus discípulos, les encomienda una misión impresionante: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Eso significa que se espera que cada uno de nosotros haga todo lo posible por seguir los pasos de Jesús. Estamos llamados a colaborar con Dios en la transformación del mundo, haciéndolo un mejor lugar y realizando los gestos y las obras de Jesús: haciendo el bien, expulsando todo el mal que nos rodea y ofreciendo palabras de consuelo. Ser discípulo de Jesús no consiste solamente en tener una vida espiritual, sino en servir y continuar su obra de liberación, sanación y transformación. Estamos llamados a aliviar el sufrimiento de quienes más necesitan consuelo, a trabajar por la reconciliación y a vencer el mal con el bien.
En nuestra realidad colombiana, marcada muchas veces por la violencia, la desigualdad, la corrupción, la polarización y la desesperanza, Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo sigue estando presente hoy. Él nos empodera para construir comunidades más fraternas e incluyentes, defender la dignidad de toda persona, transformar el mal a través de las buenas obras, generar unidad donde hay polarización y anunciar con gozo el Evangelio de Jesucristo.
Fr. Jorge Zurek Lequerica, OCD.
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