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132° Domingo del Tiempo Ordinario
Junio 28 de 2026
2 Re 4, 8-11. 14-16a
Es un hombre santo de Dios; se retirará aquí
Lectura del segundo libro de los Reyes.
Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal
que le insistió en que se quedase a comer; y, desde
entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.
Ella dijo a su marido:
«Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que
viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una
pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una
mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga
pueda retirarse».
Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la
habitación de arriba, donde se acostó.
Entonces se preguntó Eliseo:
«¿Qué podemos hacer por ella?».
Respondió Guejazí, su criado:
«Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la
entrada.
Eliseo le dijo:
«El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un
hijo».
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19 (R.: 2a)
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R.
V. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R.
V. Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey. R.
Rom 6, 3-4. 8-11
Sepultados con él por el bautismo, andemos en una vida nueva
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
Hermanos:
Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Mt 10, 37-42
El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa».
V. Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Pretendo compartir, de manera sencilla, tres puntos fundamentales a la luz del Evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone para este domingo.
El texto dominical, puesto en los labios de Jesús sigue: “y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”. En no pocas reflexiones, meditaciones, homilías, etc., parecería que, la cruz en el seguimiento de Jesús, tiende a desaparecer o suavizar. Con relativa facilidad se olvida que el cristiano sigue a un Dios crucificado: “somos amigos de contentos más que de cruz” (2 Moradas 9). En ello la santa madre es insistente: “que se determine que va a pelear con todos los demonios y que no hay mejores armas que las de la cruz” (Ibid., 6) y, finalmente “abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que ésta ha de ser vuestra empresa” (Ibid., 7).
En efecto, esta obra de santa Teresa de Jesús está llena de expresiones de gratitud hacia los benefactores de su obra que también es la nuestra, pues somos sus continuadores. Después de Dios, ellos son los grandes protagonistas de la obra fundacional teresiana y que son en mayor proporción que los personajes hostiles y opuestos, para los que siempre encuentra palabras de comprensión.
Fr. Milton Moulthon Altamiranda, OCD.
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