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2° DOMINGO DE CUARESMA
01 de marzo de 2026
Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a
En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor
Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 8b-10
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Seño
Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
V. Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
¡Al subir al monte, al bajar del monte!
Hermanos en este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración (Mateo 17,1-9), en donde Jesús frente a sus amigos y hermanos íntimos, (Pedro, Santiago y Juan) se transfigura, es decir, revela quién es en verdad. Y nos encontramos con un momento deleitoso para los discípulos en donde el Tabor, lugar del hecho, representa los momentos de paz y gozo al lado del Señor, pero también hoy recibimos la negativa por parte de Dios a no quedarnos allí.
Para el Carmelo es innegable la importancia de este pasaje del Evangelio, en donde el monte es protagonista debido a nuestra espiritualidad en relación a la montaña. Estamos encaminados siempre en la perspectiva se subir, de ir y lograr la cumbre, y allí encontrar de parte del Señor toda luz que nuestra vida necesita. El Tabor siempre va a representar esa certeza que necesitamos recibir del Señor, su resplandor, pero sobre todo el recuerdo que él es el enviado de Dios para cada instante de nuestra existencia.
En toda nuestra vida de fe nos vemos impulsados siempre a escalar, a dar todo de nuestra parte para avanzar paso a paso por lograr subir a la cumbre y permanecer con Dios, y estar unidos a él. Pero también aquí hay una enseñanza clave y es el de “bajar”, Jesús pide a sus discípulos, silencio y luego se relata que volvieron, regresaron o/y bajaron, aun ante la petición de Pedro de quedarse de “hacer tres chozas”. Hoy una de las ideas que se puede aprender de este momento; es el aceptar y el comprender que es necesario en la vida descender, volver a nuestra realidad, afrontar lo cotidiano, porque para eso está la cima y la llegada con la presencia del Señor, para decidir y saber bajar.
¿Quién nos dijo que debemos estar siempre en el Tabor? ¿Qué estamos exentos de sufrimiento? ¿Qué nuestra búsqueda era estar siempre en la cima y transfigurados con el Señor? El propósito de Jesús es bajar, bajar con él, y enfrentar el destino, la voluntad del Padre. Hoy en nuestra vida espiritual muchas veces se nos enseña a subir y, a bajar, al parecer no. Somos hijos de la luz desde nuestro bautismo y por eso estamos capacitados para bajar a las oscuridades, desafíos, tentaciones y perturbaciones que nos hace el mal. Jesús sabía que el bajar no era fácil, ir a su destino, un destino por amor al Padre y a los hombres.
Es importante destacar y no dejar de mencionar lo importante del Tabor y la manifestación clara de Dios allí, pero está claro que no es el lugar indicado para quedarse siempre. En nuestro diario caminar en la fe seguro hemos tenido experiencias de Tabor, como: retiros espirituales, jornadas de oración, momentos de intimidad con el Señor, de los cuales no queremos que acaben, pero son estos momentos los cuales son y serán nuestra fuerza, nuestra transfiguración cotidiana que nos dan la fuerza para bajar.
En este tiempo de Cuaresma uno de los objetivos espirituales a través de la liturgia es aprender a bajar con toda la fuerza y la fe, en que Dios lo hará con nosotros, así como Jesús no se quedó solo arriba, sino que fue el primero e invito a descender de un momento especial y sublime. No es un engaño o una equivocación querer subir, querer tener momentos de alegría y paz junto al Señor, lo contrario aquí es querer tener esto para escapar de nuestras realidades, de nuestras zonas de confort, porque la vida misma nos empuja de las cimas para tarde que temprano enfrentar la vida.
Todos por el bautismo estamos ya con el semblante de la luz de Cristo, de su transfiguración, todo nuestro camino de fe es sin duda reconocer y ver esa luz que va con cada uno, y lo que tenemos que hacer es reconocerla y ver sus resplandores en nuestro proceso de vida. Bajemos pues con ella a todo lugar y comuniquemos en medio de momentos difíciles que Jesús, el Mesías, el revelado por Dios a nuestra vida, está con nosotros, es nuestra defensa y junto con nosotros vive y camina hacia otros montes, por ejemplo, el Calvario.
Fr. Nelson Londoño, OCD.
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