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32° Semana del Tiempo Ordinario
09 de noviembre de 2025
Vi agua que manaba del templo, y habrá vida allí donde llegue el torrente (Ant. Vidi Aquam)
Lectura de la profecía de Ezequiel. Ez 47, 1-2. 8-9. 12
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor
Sal 45, 2-3. 5-6. 8-9 (R.: 5)
R. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
V. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R.
V. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R.
V. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Vengan a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R.
Son templo de Dios
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios. 1 Cor 3, 9c-11. 16-17
Hermanos:
Ustedes son edificio de Dios.
Conforme a la gracia que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, puse el cimiento, mientras que otro levanta el edificio. Mire cada cual cómo construye.
Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo son ustedes.
V. Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Seño
Hablaba del templo de su cuerpo
Lectura del santo Evangelio según san Juan. Jn 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
«Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre».
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito:
«El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
«¿Qué signos nos muestras para obrar así?».
Jesús contestó:
«Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo,
¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó
de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo
había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que
había dicho Jesús.
V. Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
«Dios nos habita, somos su templo vivo”
En este trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario celebramos la fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán, madre y cabeza de todas las iglesias y signo visible de la comunión eclesial. Esta celebración, que evoca un momento significativo en la historia de la Iglesia, nos invita desde la fe a dirigir la mirada hacia una realidad más profunda, que trasciende la mera superficialidad de muros o edificaciones: Dios habita en nosotros, somos su templo vivo.
Las lecturas de este día nos presentan dos símbolos de profunda belleza y hondura espiritual: «el templo» y «el agua». El primero, como lugar sagrado donde Dios se hace presente; el segundo, signo de los efectos vivificantes de esa presencia divina. Dos imágenes que, unidas, nos hablan de un Dios que no permanece distante, sino que habita y da vida.
Una de las experiencias más dramáticas y duras del pueblo de Israel es el exilio, realidad de desarraigo donde “siente que lo ha perdido todo: la tierra, el templo, la independencia. Ni siquiera le queda la esperanza del retorno o la seguridad de ser el pueblo elegido o amado por Dios”[1]: Nuestros huesos se han secado y nuestra esperanza se ha desvanecido” (Ez 37,11). En medio de esa oscuridad y desesperanza surge la voz del profeta Ezequiel que proclama una palabra de consuelo: anuncia la reconstrucción de un nuevo templo, signo de la cercanía y fidelidad de Dios que volverá a habitar en medio de su pueblo. Con su mensaje les recuerda que Dios no los ha abandonado. Esta profecía encuentra su cumplimiento pleno y definitivo en Jesús, el nuevo templo de Dios. Él, es el lugar del encuentro donde Dios se hace presente y cercano a los exilios de nuestra vida y nos acompaña en medio de nuestra fragilidad, sostiene nuestra fe cuando se derrumban nuestras seguridades y nos sentimos desolados, lejos y abandonados.
San Pablo, profundizando en esta misma verdad, nos recuerda que Dios no solo se manifiesta en los acontecimientos de la historia, sino que habita en cada uno de nosotros, porque somos su templo vivo (cf. 1 Co 3,16). Somo el lugar sagrado donde él mora. Por eso, la fiesta que hoy celebramos no se reduce al recuerdo de un edificio de piedra por majestuoso que sea, sino que nos invita a tomar conciencia de que estamos habitados, de que Dios vive en nosotros y nos convierte en signos de su presencia en el mundo.
En la visión que el profeta Ezequiel tiene del templo encontramos también una imagen sugestiva y poderosa: “de debajo del umbral del templo corría agua… estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida…”. Esta imagen expresa el poder renovador de Dios que transforma lo árido en fuente de vida, fecunda lo que esta estéril y da vida a lo que está muerto.
Hoy, esa corriente de agua viva sigue brotando del corazón de Cristo y de la vida de la Iglesia. Fluye en cada sacramento, en la Palabra proclamada, en el amor que compartimos, en la comunidad que se construye día a día; pero también fluye de modo silencioso y real desde cada uno de nosotros, templos vivos de Dios. Si dejamos que esa agua circule, sanará nuestras heridas, fecundará nuestros desiertos y llevará vida allí donde reine la aridez.
Queridos hermanos, ser templo de Dios es una vocación y una responsabilidad: ser lugar de encuentro donde otros puedan encontrar consuelo y donde la vida de Dios se comunique. Que esta celebración renueve en nosotros la alegría de sabernos habitados, amados y enviados como templos vivos a hacer sacramento de Dios en medio del mundo. Que, como el agua que corría del templo, en la visión de Ezequiel, nuestra vida también se convierta en cauce de gracia y esperanza para los demás.
Fr. Delimberto Jiménez León, OCD
[1]Cfr. Schökel, L. Alonso y Sicre, J. L. (2017). Comentario a los profetas (vol. 2). Ediciones Cristiandad. (p.9).
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